Amadeo I, el rey que trajo la República

Arturo del Villar

LA degeneración de la dinastía borbónica, desde su iniciador el loco Fe-lipe V en 1701, tuvo dos interrupciones monárquicas, con José I Bonaparte y Amadeo I de Saboya. Ambos reyes eran en todo superiores a los borbo-nes, pero contaron con la oposición cerril de la Iglesia catolicorromana, en el primer caso por tratarse de un heredero de la Revolución Francesa que privó de sus privilegios a los clérigos, y en el segundo por ser hijo del rey que unificó a Italia asumiendo los llamados Estados Pontificios en los que el papa--rey era un monarca temporal como los demás. El pueblo ignorante, analfabeto y fanatizado rechazó a los dos soberanos,  por ser extranjeros y hablar mal el castellano, como si Felipe V no fuera francés y no hubiera aprendido nunca el español, lo que obligó a los corte-sanos a expresarse en francés, y a los escritores y artistas a adoptar la moda francesa, lo que hace del siglo XVIII el menos interesante de la historia.

Amadeo carecía de ambición, y si aceptó el trono fue debido a la imposi-ción de su padre. Es verdad que nunca comprendió al pueblo español, y que solía afirmar que España era un manicomio, en lo que no le faltaba razón. Elegido por las Cortes, no heredero de nadie, quiso comportarse como un monarca constitucional, democrático y liberal. 
El pueblo español había decidido que era gafe, debido a que el principal valedor de su candidatura para desempeñar la Corona, el general Juan Prim, fue tiroteado al salir del Congreso y falleció el 30 de diciembre de 1870, el mismo día de su llegada a España. Por ello se encontró sin apoyos, porque los borbones de las dos ramas enfrentadas en la guerra civil sólo coincidían en rechazar al rey elegido por las Cortes, en vez de ser el heredero de su padre, como en su caso, y los republicanos, como es lógico, no querían ningún rey de ninguna casa. Unido a ello la campaña en su contra manteni-da desde los púlpitos, acusándole de masón y de ateo, dos falsedades, el reinado de Amadeo I resultó impopular. Para mantenerse en el trono debi-era haber contado con el Ejército, pero sus convicciones le obligaban a re-chazar la fuerza.  

EL HISTÓRICO 1873

El 29 de enero de 1873 nació su tercer hijo, el único español, Luis Ama-deo, bautizado el 3 de febrero en la capilla del Palacio Real, con todo el boato propio de la Corte española, pero sin el contento habitual del pueblo en casos semejantes. Por entonces ya estaba pensando en abdicar y regresar a Turín, en donde había vivido feliz sin los sobresaltos que le proporciona-ba el trono de España, incluido un atentado.
Durante la sesión del Congreso celebrada el 10 de febrero de 1873, el jefe del Gobierno, Manuel Ruiz Zorrilla, explicó que el rey le había anunciado el día anterior que estaba firmísimamente resuelto a renunciar a la Corona, según se recoge en el acta publicada en la Gaceta de Madrid el día 11, pá-ginas 491 y siguientes. Se lo comunicó al Gobierno, que solicitó al rey lo pensara despacio, dada la inquietante situación social en que se encontraba el reino, pero él respondió:

Mi resolución es irrevocable: tengo razones y motivos para que lo sea; pero puesto que el Consejo de Ministros, que merece mi confianza, me indica los males que pueden caer sobre el país, yo le pido que me conceda, que me deje veinticuatro horas, o a lo sumo cuarenta y ocho, para que decida si puedo o no acceder a los ruegos del Consejo de Ministros.

Resultó inútil la dilación, porque el propósito del monarca era firme. No contaba con el apoyo popular, y eso para él resultaba incompatible con la continuidad en el trono. Al Gobierno le costaba trabajo admitir que el rey deseara abdicar, acostumbrado como estaba a ver cómo los borbones se pe-leaban entre ellos para reinar, lo que dio lugar a las guerras entre isabelinos y carlistas, que ensangrentaron la tierra española y la empobrecieron ya pa-ra siempre. Que un rey elegido por las Cortes quisiera renunciar a sus pre-rrogativas era insólito, pero hubo que aceptarlo.

LA ABDICACIÓN

El histórico martes 11 de febrero de 1873 el presidente del Gobierno, Manuel  Ruiz Zorrilla, comunicó al del Congreso de los Diputados, Nicolás María Rivero, que a las 13.30 del mediodía acompañado por el ministro de Estado, compareció ante Amadeo I, quien le hizo entrega de su abdicación. El texto fue impreso al día siguiente en la Gaceta de Madrid, y merece ser conocido por todos los españoles. Dice así:

AL CONGRESO

Grande fue la honra que merecí a la Nación española eligiéndome para ocu-par un Trono, honra tanto más por mí apreciada, cuanto que se me ofrecía ro-deada de las dificultades y peligros que lleva consigo la empresa de gobernar un país tan hondamente perturbado.
Alentado, sin embargo, por la resolución propia de mi raza, que antes busca que esquiva el peligro; decidido a inspirarme únicamente en el bien del país, y a colocarme por encima de todos los partidos; resuelto a cumplir religiosamen-te el juramento por mí prestado ante las Cortes Constituyentes, y pronto a hacer todo linaje de sacrificios por dar a este valeroso pueblo la paz que necesita, la libertad que merece y la grandeza a que su gloriosa historia y la virtud y cons-tancia de sus hijos le dan derecho, creí que la corta experiencia de mi vida en el arte de mandar me sería suplida por la lealtad de mi carácter, y que hallaría po-derosa ayuda para conjurar los peligros y vencer las dificultades que no se ocultaban a mi vista en las simpatías de todos los españoles amantes de su pa-tria, deseosos ya de poner término a las sangrientas y estériles luchas que hace tanto tiempo desgarran sus entrañas.
Conozco que me engañó mi buen deseo. Dos años largos ha que ciño la Co-rona de España y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura, que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espa-da, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación, son españoles, todos invocan el dulce nombre de la patria, y todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestacio-nes de la opinión pública es imposible atinar cuál es la verdadera, y más impo-sible todavía hallar el remedio para tamaños males.

Lo he buscado ávidamente dentro de la ley y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla.
Nadie achacará a flaqueza de ánimo mi resolución. No habría motivo que me moviera a desceñirme la Corona si creyera que la llevara en mis sienes para bien de los españoles; ni causó mella en mi ánimo el que corrió la vida de mi augusta esposa, que en este solemne momento manifiesta como yo el vivo de-seo de que en su día se indulte a los autores de aquel atentado.
Pero tengo hoy la firmísima convicción de que serían estériles mis esfuerzos e irrealizables mis propósitos.
Estas son, Sres. Diputados, las razones que me mueven a devolver a la Na-ción, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo de ella renuncia por mí, por mis hijos y sucesores.
Estad seguros de que al desprenderme de la Corona no me desprendo del amor a esa España tan noble como desgraciada, y que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarle todo el bien que mi leal corazón para ella apetecía.-- AMADEO – Palacio de Madrid 11 de Febrero de 1873. 

Lamentaba haber comprobado que eran los españoles los peores enemi-gos de los españoles. Las dos españas tradicionales no cesaron durante su reinado de hostigarse, lo que imposibilitaba cualquier atisbo de acuerdo en-tre ellas. Si los borbones mantenían una guerra civil entre sus dos ramas, no podía sorprender que los vasallos siguieran su ejemplo. El monarca educa-do en Italia conforme a las ideas democráticas de su tiempo, veía a su patria de adopción como un manicomio. Y puesto que le resultaba imposible pro-curarle algo de razón, no deseaba continuar mantener esa situación.

LA REPÚBLICA EN ESPERA

Sabiendo cómo se hallaba el reino, es muy probable que Amadeo supu-siera que la única solución factible para solucionar sus problemas era una República. En la historia de Italia está incrustada la idea republicana desde antiguo. Cierto que la península se acababa de unificar bajo una monarquía, porque el pueblo había combatido por ella, pero en la indómita España la fórmula monárquica no valía. Al renunciar al trono que las Cortes le ofre-cieron, Amadeo I enseñaba a esas mismas Cortes la solución adecuada, im-plantar la República.

El escrito de renuncia al trono patentiza una generosidad y una magnifi-cencia de ánimo como nunca ha tenido ni puede tener un Borbón, porque todos se agarran al trono a toda costa. Dejó bien claro Amadeo que había pretendido conseguir la unidad nacional, poniendo fin a las guerras dinásti-cas entre los borbones que jalonan el siglo XIX, y asimismo buscó el en-tendimiento entre los variados partidos políticos enfrentados sañudamente. Si hubiera vivido el general Prim podría haberlo alcanzado, gracias a su gran prestigio político y militar, pero ya se encargaron de liquidarlo quie-nes buscaban a cualquier precio, incluso el del crimen político, la continui-dad del caos en el reino para su beneficio.

Cuando un Borbón ha abdicado lo ha hecho en su hijo, para continuar la dinastía. Ninguno ha tenido la grandeza de renunciar a sus privilegios y marcharse al exilio, como Amadeo de Saboya. Se fue Isabel II contra su voluntad, al comprobar que los pocos militares que le eran fieles quedaban desbordados por la mayoría del Ejército y el pueblo, unidos en la Gloriosa Revolución de 1868 para echarla. Se escapó a toda prisa Alfonso XIII en 1931, al descubrir que el Ejército y la Guardia Civil se negaban a cumplir sus órdenes de atacar a las masas pacíficamente alzadas contra su tiranía, lo que le hizo temer que el pueblo español le tratase lo mismo que el ruso tra-tó a su zar tirano. Por miedo, al no contar con las armas militares, en contra de sus deseos, abandonó a sus dos familias, la legal y bastarda, y huyó al exilio sin apenas equipaje, porque tenía bien colocado su dinero en bancos extranjeros. Así lo anunciaba el pueblo de Madrid al cantar por las calles “No se ha marchao, que lo hemos echao”.
No, los borbones nunca se van por su voluntad, como hizo Amadeo de Saboya, al comprender que no podía actuar como un rey constitucional pa-ra un pueblo acostumbrado al sometimiento político. Hubiera sido un buen monarca, desde luego superior a todos los borbones juntos, de haber encon-trado algún apoyo popular, pero la clerigalla incitaba contra él a sus devo-tos incultos con toda clase de mentiras.

DOS MANERAS DE REINAR

Los dos borbones pretendieron que las fuerzas armadas sujetas a su auto-ridad masacraran al pueblo, para continuar sus reinados caóticos, en los que se cometieron todas las inmoralidades sexuales y económicas, según es norma borbónica tradicional. Los jefes militares se pusieron de parte del pueblo, al que debían defender. En el caso de la apodada Isabelona hubo un combate entre sus partidarios y los revolucionarios en Alcolea, concluido con el triunfo popular, una guerra muy corta, pero guerra al fin, ordenada por la gruesa destronada. En el caso del apodado burlonamente Gutiérrez no se llegó a la guerra porque los jefes militares comprendieron que las tro-pas a sus órdenes se pondrían al lado del pueblo contra ellos, en el caso de mandarles un ataque.

Es la diferencia fundamental entre un monarca democrático, educado, de-seoso de procurar la felicidad del pueblo, como lo fue Amadeo de Saboya, que abdicó debido a sus convicciones morales y se fue de España lo mismo que había venido, y unos borbones que no han proporcionado al reino más que guerras desde el mismo 1701 de su fatídica llegada, luchas familiares, inmersión en todos los negocios sucísimos propiciados para enriquecerse, una inmoralidad total, una inutilidad absoluta para el gobierno, dejado siempre en manos de servilones fieles, tan corruptos como ellos, y un des-precio total por la suerte de sus vasallos.
A la larga resultó lamentable la decisión de Amadeo I, porque dejó el camino expedito para que un militar traidor se sublevara y restaurase la di-nastía odiada por la inmensa mayoría de los españoles. Pero de momento pareció espléndida, puesto que aquel mismo 11 de febrero de 1873, acepta-da la abdicación del rey, Congreso y Senado se constituyeron en Asamblea Nacional y proclamaron la República al filo de la media noche, lo que per-mitió al pueblo adueñarse de su destino. 
Si la mala suerte de España consiste en ser una monarquía, la historia hubiera resultado más feliz en todos los aspectos con José I Bonaparte o Amadeo I de Saboya que con los borbones. Lo malo es que al pueblo no se le permite expresar sus preferencias estatales.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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