Cuando Juan Carlos pedía a Felipe que imitara su ejemplo

Arturo del Villar

LA caradura del rey decrépito es proverbial, y todos sus forzosos vasa-llos la conocemos, desde aquel nefasto día en que sucedió con el título de rey a su padrino el dictadorísimo genocida y traidor. Los únicos que no se habían enterado eran los miembros de su familia, empezando por su con-sorte, que nunca supo la existencia de las 1.500 barraganas de las que se sirvió su real cónyuge para entretener sus majestuosos ocios, o si lo supo se hizo la distraída para seguir siendo reina, que es un trabajo decorativo y sencillo de realizar.

Tampoco estaba al tanto de las reales kamasutradas su hijo, ni de lo que es más graves, de los trapicheos con tristemente célebres delincuentes nazio-nales, algunos de ellos condenados a prisión por lo que en román paladino se llama robar, aunque los jueces utilicen otras denominaciones, como Ma-nuel Prado y Colón de Carvajal, o Mario Conde, o Javier de la Rosa, y también internacionales, como la familia tiránica de Arabia Saudí.

Hasta que la última barragana oficial, Corina Larsen, que se hacía pasar por princesa, calificada por ella misma como “amiga entrañable” del decré-pito, se ha sentido amenazada por conocer secretos íntimos de su amigo, no solamente sobre la forma en que daba el salto del tigre en la cama antes de su decrepitud, sino especialmente sobre los sucios millones acumulados en bancos suizos, obtenidos de manera vergonzosa y vergonzante.

Los medios de comunicación internacionales publicaron las sensacionales informaciones, y los partidos políticos independientes solicitaron en el Congreso de los Diputados, el 10 de marzo, que se creara una comisión de investigación sobre la fortuna del rey decrépito en bancos suizos, rechazada por los votos de los partidos dinásticos, Socialista, Popular y Ciudadanos. Pero el escándalo alcanzó tales dimensiones a escala internacional que la Fiscalía Anticorrupción se vio obligada a pedir un informe a los bancos suizos sobre la fortuna del mayor de nuestros dos reyes.

Entonces Felipe se creyó en la necesidad de publicar el 15 de marzo un comunicado, en el que aseguraba ignorar las aventuras de su padre, y por si fueran ciertas renunciaba a la herencia que le vaya a corresponder el día en que se quede huerfanito. De esa manera esperaba desvincularse de la nefas-ta biografía de su padre, pretendía hacernos creer que ha vivido hasta ahora subido en un guindo, y proclamaba que él es un  tipo decente, y no un gol-fo, que él no se dedica más que a su Letizia, que bastante trabajo le da, y a hacer eso que se llama reinar, que no sabemos en qué consiste. Los vasallos hemos dado tantas pruebas de imbecilidad que confía en que le creamos una vez más. Y es cierto que el Partido Popular, Ciudadanos y Vox han aplaudido el comunicado exculpatorio, y los medios de comunicación ser-vilones se lo han tomado en serio.

EL ESTILO LITERARIO JUANCARLISTA

Eso le ha sucedido por seguir los consejos de su real padre, que con un cinismo verdaderamente mayestático se presentaba como modelo para su hijo. Lo sabemos porque José García Abad publicó diez reales cartas del ahora decrépito a su hijo, escritas entre el 5 de setiembre de 1984 y el 6 de junio de 1985, cuando le pagábamos las juergas que se corrió en el interna-do de Lakefield, en Canadá. Se titula el volumen El príncipe y el rey, y fue impreso en Madrid en 2008 por cuenta de El Punto Prensa. Las cartas ocu-pan las páginas 413 a 452.

Este número no se distribuyó.

Nos cuesta mucho trabajo creer que fuese el autor de esas misivas correc-tamente escritas y llenas de sentido común, a los que también hemos leído las cartas que envió a su primera barragana conocida, la condesa italiana Olghina di Robilant, entre 1957 y 1961, plagadas de disparates gramatica-les y de faltas de ortografía, aparte ser estúpidas. Para evitar que los vasa-llos pudiéramos conocerlas, el entonces jefe de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, se las compró a la destinataria en 1986 por diez millo-nes de pesetas, a cargo de los Presupuestos Generales del Estado. El rey decrépito ha ido amontonando una gran fortuna porque los vicios se los hemos pagado siempre los aborregados vasallos, sin lamentarnos siquiera.

Pero la condesa, que está llena de defectos, no es tonta, de modo que pre-visoramente las había hecho copiar, y se las vendió también a la revista ita-liana Oggi y a la española Interviú, que las insertó en su número 611, fe-chado el 27 de enero de 1988, de manera que los vasallos de su majestad el rey católico tuvimos motivos para reírnos de él, como suele decirse, a man-díbula batiente. Se enteró todo el reino, excepto su consorte.

Es absolutamente inadmisible que la misma persona haya podido redactar esa doble correspondencia, y sabido que Juan Carlos aprobó el bachillerato por ser quien era, y que no ha sido capaz de leer un libro en su real y larga vida, todo señala que sí es el autor de las cartas de amor, en tanto las mora-les se las encargó a alguno de los escribas de los que disponía. 

EL MODELO PATERNO

Solamente así se comprende que el autor de las cartas, presuntamente Juan Carlos de Borbón y Borbón, se pusiera ante su hijo Felipe como un modelo a seguir. El escriba, desde luego, también tenía una gran desver-güenza, puesto que la vida crapulosa del decrépito ha sido siempre pública y notoria: no se ha molestado en disimular, por saber que los vasallos so-portamos todo lo que proceda de la familia irreal, y siempre habrá unos medios de comunicación debidamente sobornados para jalear cualquier de-cisión del rey como una heroicidad, incluido el reconocimiento público de su equivocación por haber ido a cazar elefantes a Botsuana con la amiga entrañable que ahora lo denuncia por extorsión. 
Pues bien, en una carta fechada el 27 de setiembre de 1984, reproducida en la página 417, el libertino Juan Carlos le cuenta a su hijo:


No es que yo pretenda ser para ti un ejemplo perfecto, porque el que piensa que lo es, ya ha perdido su perfección por culpa del orgullo y de  la vanagloria. Pero quiero reconocer mis faltas para evitarte a ti caer en ellas y pedirte que veas siempre en mi conducta lo que tenga de ejemplar, para que te sirva de ayuda y de directriz.

Si Felipe obedeció el consejo paterno, como es propio de todo buen hijo, y buscó en la conducta de su padre lo que tuviera de ejemplar, es lógico que su comportamiento resultase al menos sorprendente, lo mismo en la vida particular, al elegir una esposa en nada parecida a lo que cabe esperar   en una reina, que en la política, en donde ha dejado que la historia discurra sin molestarse en animarla, aburriéndonos con unos discursos nochebuene-ros cargados de tópicos y vacíos de sentido.
Le anunció a su hijo que los reyes, como él, están obligados a servir a los vasallos, porque para eso les han regalado el trono sin necesidad de some-terse a una oposición ni a un referéndum. Por ello deben dar buen ejemplo y tener un comportamiento modélico, puesto que son los primeros del reino y todos los vasallos se fijan en lo que hacen. En una palabra, constituir una familia irreprochable en cualquier aspecto. Léase esta confidencia del 5 de setiembre de 1984, inserta en la página 415:

Hemos de constituir una familia estrechamente unida, sin fisuras ni contra-dicciones, pues no podemos olvidar que en todos y en cada uno de nosotros  es-tán fijos siempre los ojos de los españoles, a los que debemos servir con alma y vida.

Esto parece lógico, incluso las suegras y las nueras deben amarse en la familia irreal, porque si se peleasen en público los vasallos tomaríamos a chirigota la institución monárquica.

UNA CONDUCTA SIEMPRE DIGNA

Las cartas están llenas de tópicos sobre lo que debe ser el comportamiento de un rey, no las redactó Maquiavelo, aunque nos sorprenden al comprobar que la conducta de Juan Carlos I de Borbó y Borbón ha sido la contraria de la que él mismo, se supone, recomendaba a su hijo para merecer el aprecio de los vasallos. No ha cumplido nada de lo que proponía, lo que se traduce en que ha sido un rey incompetente de acuerdo con su misma regla. Se comprueba al leer lo fechado el 17 de octubre de 1984, en la página 420:   

Y para merecer el respeto, la admiración y el aprecio de nuestros compatrio-tas tenemos que adoptar conductas claras y dignas y evitar los caprichos, que si uno no los vence desde el principio, se van encadenando y multiplicando, de suerte que nunca encuentran límite ni lograrán satisfacernos por completo.

Antes y después de acceder al trono que le regló el criminal dictadorísimo sin preguntar su opinión a los vasallos anulados, la conducta de Juan Carlos fue oscura e indigna, encamado con cualquier barragana que se le ponía a tiro, porque lo mismo que Don Juan Tenorio le daba igual quién fuera y a qué se dedicase, “desde la princesa altiva / a la que pesca en ruin barca”, si bien con predilección por las aspirantes a artistas, a las que promocionaba en la cadena de televisión pública, españolas o italianas. No evitó ninguno de los caprichos que se le venían a las manos, dado su alto puesto en la vida social española, y la falta absoluta de crítica a su gestión bajo pena de cár-cel y multa,  por lo que  se fueron acumulando hasta explotar al fin.
Comprobemos una vez más su inaudita desfachatez, al doblar la página y encontrarnos con esta consideración en la 422:

Has de tener todo esto muy presente y subordinar al cumplimiento de las di-rectrices que te doy tus diversiones y tus expansiones. No es que hayas de pri-varte de ellas, pero sí combinarlas en todos los casos de forma que no constitu-yan un obstáculo para el cumplimiento de tu misión y para que tu imagen aparezca siempre como digna del aprecio y el respeto de cuantos te tratan, te conocen o están a tu servicio.

La imagen dejada por Juan Carlos para la historia, como él mismo anun-ció, es la de un monarca despreciable que nunca mereció el respeto de sus vasallos. Si no hubiera recibido en herencia un pueblo español domesticado por los 36 años de feroz dictadura fascista, no habría podido terminar su reinado hasta la abdicación, sino que correría la misma suerte de su antepa-sada Isabel II, también distraída entre la consecución de amantes para satis-facer su lujuria siempre insaciable, y de dinero para darles alguna compen-sación por su miserable trabajo, a los que no concedía un título nobiliario, que es mucho más barato. 

LA CORONA COMO SERVICIO PÚBLICO

Pero donde el cinismo de las cartas alcanza su culminación insuperable es en la fechada el 26 de febrero de 1985, inserta en la página 440, una suce-sión de falsedades que él no podía creer, ni tuvo jamás ninguna intención de poner en práctica nada de lo que le aconsejaba a su hijo:

El Rey ha de percatarse de que no son los súbditos quienes deben servirle a él, sino él quien debe servir a los súbditos. […]
La confianza y el poder que al político conceden los votos de sus conciuda-danos  y que ha de ganar con la adecuada exposición de su programa y el éxito en las elecciones, han de ser obtenidos por el Rey a base de dignidad, de perso-nalidad, de observar en todo momento una conducta seria y ejemplar, de de-mostrar activa y constantemente que una institución tradicional como la mo-narquía –con apoyo en la historia y en la continuidad— ofrece indudables ventajas en la organización política del país.
El Rey ha de equilibrar su postura entre la conciencia de su importancia co-mo depositario de un legado histórico muy valioso y el convencimiento de que debe ganar cada día el amor y la confianza de su pueblo, esforzándose en ser-virle con entrega absoluta y ejemplaridad continua, de acuerdo con las leyes en vigor.

La monarquía de Juan Carlos I está ya en la historia como el período más corrupto habido nunca antes, y es posible que ni después, porque será muy difícil beneficiarse de 1.500 barraganas, como ha contado Andrew Morton en su ensayo Ladies of Spain, ni acumular más de 1.800 millones de euros, como calculó la revista Forbes antes de las últimas comisiones pagadas por los tiranos de Arabia Saudí, que ya superan los 2.000 millones. Y todo por no hacer más que poner la mano para recibir los regalos.
Pues en la página 445 se publica la carta fechada los días 24 y 25 de abril de 1985, capaz de dejar perplejo para siempre a quien conozca la trayecto-ria vital del autor, una sucesión de escándalos sexuales que hemos pagado muy caros sus vasallos, y financieros que han incrementado sus cuentas co-rrientes en Suiza:  

Cuando se tiene un puesto como el que ocupas  o como el que, si Dios quiere, habrás de ocupar, es preciso comenzar por compenetrarse con la idea de que en cierta manera se debe uno al público, al país en general, a todos los ciudadanos. […]
De ahí el tacto exquisito que has de tener para actuar de forma que lo que de esa actuación se refleje sea lo más perfecto y prudente posible. Has de proceder la mayoría de las veces como si mil ojos te vigilaran, como si cada movimien-to, cada gesto, cada expresión, fuera a ser recogido y transmitido a innumera-bles espectadores. […]
Los escándalos serán en ti –valga la paradoja--  más escandalosos que en otro muchacho de tu misma edad, pero que no fuera hijo de un rey ni estuviera lla-mado a serlo en el futuro.
Hay que huir de cuanto pueda transmitirse, con la amplitud multiplicadora de los modernos medios de comunicación, en un sentido desfavorable para tu per-sona o para tu familia y la institución en la que estás plenamente incluido.

Si en un príncipe los escándalos son más escandalosos, sin ninguna para-doja, que en otro muchacho de su edad, en un rey resultan más intolerables que en ninguno de sus vasallos, y cuando alcanzan las dimensiones logra-das por los de Juan Carlos, en otros países y también en otros momentos de la historia de España han dado lugar al destronamiento, e incluso a la deca-pitación o el fusilamiento. Aquellos españoles de 1868 organizaron una Gloriosa Revolución para expulsar a la golfísima Isabel II de Borbón. En el Reino Unido, en Francia o en Rusia se puso fin a la monarquía corrupta mediante la eliminación del monarca.  
Los servilones paniaguados de la monarquía han sido capaces de publicar que la de Juan Carlos era una República coronada. ¿Se atreverán a decir que a un presidente de República se le toleraría en ningún país lo que en España se ha consentido a Juan Carlos, ni en las bananeras de América La-tina ni en las cacaoleras de África? Esto solamente es posible aquí.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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