Centenario de “Don Friolera”

Arturo del Villar

A don Ramón María del Valle--Inclán no le asustaba nada de este mundo (del otro sí), por lo que se atrevía a burlarse hasta del Ejército, un tema siempre tabú en España. Prueba de ello es que en 1921 entregó la primera edición del esperpento Los cuernos de Don Friolera, para que se imprimiera en cinco números de la revista madrileña La Pluma, publicada por sus amigos Manuel Azaña y Cipriano de Rivas Cherif, valerosos también por ser los responsables de cuanto aceptaban insertar en sus páginas.

La colaboración de Valle apareció en los números 11 a1 15, entre abril y agosto de 1921. En ese período la opinión pública española se hallaba en contra del militarismo del fatídico rey Alfonso XIII, dispuesto a mantener a cualquier precio la guerra en la colonia de Marruecos en defensa de los intereses económicos devengados por sus empresas. Los militares conocidos como africanistas eran partidarios de la guerra, porque les permitía rápidos ascensos, pero todo el pueblo estaba en contra, ya que alistaba a los jóvenes obligatoriamente, lo que era una fuente imparable de muertes, y además faltaba mano de obra para los trabajos de obreros y campesinos.

En enero de 1921 el ejército colonial mandado por el general Manuel Fernández Silvestre inició una operación para tomar Alhucemas. No sólo carecían de motivaciones para luchar, sino que los soldados estaban mal calzados, mal vestidos, mal alimentados y mal armados, porque los jefes robaban el dinero destinado al suministro de esas partidas. En mayo, recién iniciada la publicación de Los cuernos de Don Friolera, las tropas coloniales se agruparon en Annual, en donde fueron atacadas de 22 de julio por las tropas rifeñas comandadas por Abd el—Krim. Fue lo que se denomina en los libros de historia “el desastre de Annual”: murieron unos once mil soldados coloniales, entre ellos el mismo Silvestre, lo que conmocionó a la opinión pública española, sometida al capricho del rey.
Al mes siguiente concluyó la inserción del esperpento valleinclanesco en La Pluma, al mismo tiempo que el ministro de la Guerra, el vizconde de Eza, encargaba al general Juan Picasso la elaboración de un informe sobre lo sucedido: el famoso “Expediente Picasso” que se convirtió en un testimonio de cargo contra Alfonso XIII, tan grave que para impedir su publicación organizó el golpe de Estado palatino del general Primo.

UNA SÁTIRA ANTIMILITARISTA

En estas circunstancias históricas se animaron Azaña y Rivas a dar a conocer el esperpento de Los cuernos de Don Friolera, una sátira antimilitarista a partir del teniente del Cuerpo de Carabineros Pascual Astete y Bargas, de 53 años, apodado Don Friolera porque tiene la costumbre de exclamar “¡Friolera!” como interjección demostrativa de fastidio en la conversación. Está casado con Doña Loreto y son padres de una niña llamada Manolita. La acotación del autor indica que transcurre “La acción en San Fernando del Cabo, perla marina de España”.

Su vida transcurre tranquila, hasta que recibe un anónimo en el que le advierten sobre el adulterio de su mujer. Pretende olvidarlo pero comprende que hay una base para la acusación, y el adulterio de la esposa, y eso es intolerable en el Ejército, una afrenta para todos los militares. La misma Doña Loreto le dice a su enamorado Pachequín en la segunda escena: “¡Ay, Pachequín, la esposa del militar, si cae, ya sabe lo que la espera!” Que es la muerte a manos del marido ofendido, por exigirlo así el honor del Cuerpo.

Por ese motivo se constituye un tribunal de honor para juzgar el caso. Los tribunales de honor estuvieron aceptados durante la monarquía como una justicia paralela a la oficial, en la que se juzgaba y podía condenarse a la expulsión de un Cuerpo del Estado a personas consideradas indignas de pertenecer a él. Así se mantuvieron tolerados hasta la promulgación de la Constitución republicana en 1931, que en su artículo 95 dispone: “Quedan abolidos todos los Tribunales de honor, tanto civiles como militares.”

En la escena octava se reúne el tribunal de honor para examinar el caso de Don Friolera y proceder en consecuencia. Pese a ser contrario a Derecho, nunca se cuestionaban sus decisiones, debido a constituir una tradición corporativa. Aquí los jueces no se limitan a examinar la situación de su corneado compañero, sino que abordan otros temas de su interés. Por ejemplo, el teniente Cardona se queja de haber servido a la patria “en Joló, en Cuba y en África”, sin recibir ninguna cruz pensionada por ello.
Le  replica el teniente Rovirosa que no tenía derecho a ello, porque había estado en las oficinas, y no en el campo de batalla, a lo que contesta con un argumento indiscutible: “¿Es que solamente se ganan las cruces en campaña? El Rey tiene todas las condecoraciones, y no ha estado nunca en campaña.” Era absolutamente cierto, pero esa constatación da pie para plantear otra pregunta: si no intervino nunca en ninguna acción bélica, ¿por qué otros motivos mereció tantas cruces y medallas como se colocaba en el uniforme cuando presidía cualquier desfile militar? Es algo que no podemos comprender todavía en la actualidad. Qué extraños son los reyes.

EL HONOR MILITAR

El tribunal concluye con el acuerdo de aconsejar a Don Friolera que solicite el retiro, para librar a sus compañeros del estigma que ofende a todos. Aquí Valle aceleró la acción, para no representar un suceso, sino contarlo, por lo que en la escena última Don Friolera se presenta ante el Coronel Don Pancho Lamela para reclamar que lo envíe a prisiones militares, porque para salvar el honor de todos ha dado muerte a su mujer, una solución a tono con las costumbres militares.

Sin embargo, Doña Pepita, esposa del Coronel, aclara que no había matado a su mujer, sino a su hija. Por lo tanto, el honor militar no solamente no había quedado limpio, sino que, por el contrario, se le añadía una mácula, por cuanto el teniente apodado Don Friolera cometió un parricidio al asesinar fríamente por error a una desdichada criatura sin ninguna culpa. 
En un epílogo aparece un ciego que canta un romance con esta historia adaptada, con la intención de censurar al Ejército. Asegura el ciego que Don Friolera fue destinado a participar en la guerra de Marruecos, mereció ser condecorado, el rey le eligió como ayudante, la reina le impuso una banda y la infanta Isabel le regaló un alfiler de corbata. Para los militares, empezando por su jefe supremo el rey, Don Friolera demostró poseer todas sus virtudes castrenses por saber defender su honor injuriado por su lujuriosa cónyuge. Si se equivocó de muerta carecía de importancia.

Este esperpento indignó al general Primo, por considerarlo una burla contra todo el Ejército, en lo que no se engañaba. De modo que al verse designado dictador por el rey, para ocultar su criminal intervención en la guerra colonial en Maruecos, persiguió a Valle cuanto pudo, calificándolo de “extravagante ciudadano”, cuando no había entonces en España un personaje más extravagante que el dictador, tanto que hasta su patrocinador el rey le privó del cargo y lo mandó al exilio parisiense cuando dejó de serle útil, en lo que el propio general había calificado de borbonear. 

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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