Un desastre borbónico

Arturo del Villar

EN la desastrosa historia de España sobresalen dos acontecimientos calificados de desastres: el de 1898 que terminó con el colonialismo de ultramar al perder Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, y el de 1921 que cortó el protectorado sobre el Rif. No me parece legítimo llamar desastre al hecho de que las colonias se independicen, pero así se denominan. El desastre del 98 lo provocaron los Estados Unidos de América, deseosos de apropiarse los restos del imperialismo español, mientras que el del 21 se gestó en el Palacio Real de Madrid, vivienda habitual del rey Alfonso XIII y su enfermiza familia, con la gran cantidad de lacayos, secretarios y servidores.

Para analizar las causas de ese desastre se encargó al general Juan Picasso la elaboración de un expediente, que debía presentar al Congreso de los Diputados para que obrara en consecuencia. No pudo hacerse, porque otro general, Miguel Primo, se adelantó a dar un golpe de Estado el 13 de setiembre de 1923, siguiendo instrucciones secretas del rey, que muy contento suspendió la Constitución y cerró las Cortes, con lo cual no se podía analizar el expediente Picasso.

El general Primo instauró una dictadura, bendecida por su rey, que fue implacable, aunque en comparación con la que llegó después, a partir de 1939, resulta benévola. Pero en su tiempo fue espantosa, tanto como para calificar de dictablanda a la presidida por el general Berenguer, cuando el monarca no necesitó seguir borboneando a Primo y lo despidió.

La guerra colonial en el Rif se libraba entre unos soldados españoles de reemplazo, mal comidos, mal vestidos y mal armados, porque los altos cargos militares robaban las partidas de dinero destinadas a esos fines. A ellos no les importaba la guerra colonial, porque carecían de acciones en las empresas que la promovían. En cambio, se enfrentaban a unos rifeños liderados por Abd el—Krim, deseosos de liberar su tierra de la colonización extranjera. Además de hallarse muy motivados psicológicamente para los combates, recibían buenas comidas, buenos uniformes y buen armamento.

Se discute el texto del telegrama que el rey Alfonso XIII remitió al general Manuel Fernández Silvestre con motivo de una victoria parcial. Según unos autores decía: “¡Olé los hombres!”, y según otros: “¡Olé tus cojones!”, expresión muy propia del monarca que pretendía ser campechano. En cualquier caso, ante la imposibilidad de mantenerse en el monte Iguerriben, el 22 de julio dio orden Silvestre a la tropa de retirarse hacia Melilla.

Alrededor de tres mil hombres se habían hecho fuertes en el monte Arruit, en espera de unos refuerzos que debían llegarles desde Melilla. Pero nunca llegaron, por lo que tras doce días de resistencia sin apenas comida ni bebida se rindieron, después de pactar unas condiciones que los rifeños no respetaron. Lo soldados fueron degollados, y los oficiales hechos prisioneros para pedir un rescate por ellos. Sobrevivieron 326, por los que hubo que pagar cuatro millones de pesetas, una cantidad enorme en 1921.

Se cuenta que al conocer la noticia exclamó el rey en su palacio: “¡Qué cara cuesta la carne de gallina!” Una campechanía muy borbónica para referirse a los soldados que él envió a la muerte, mientras él mismo continuaba tirando al plato en el club, junto a su última barragana.
El socialista Indalecio Prieto, durante unas intervenciones en el Congreso en el mes de octubre de 1921, leyó una carta del alto comisario en Marruecos al ministro del Ejército, escrita en el mes de febrero anterior y publicada en el Diario de las sesiones, en la que denunciaba la corrupción absoluta en el Ejército de África. Después de recordar los continuados fracasos militares, el diputado se preguntó y también preguntó al Congreso:

¿Quién, entonces, autorizó la operación sobre Alhucemas, quién la decretó?  Está en la conciencia de todos vosotros; lo dijo el general Silvestre, al volver a Melilla, desde la borda del barco: fue el Rey. (Rumores y protestas.)

Citado por Con el rey o contra el rey, de Indalecio Prieto, México, Oasis, 1972, página 153.
Según el Expediente Picasso aquella aventura animada de real orden causó 13.363 muertos, de los que 10.973 eran españoles, y 2.390 rifeños. Pero no se discutió en el Congreso y el rey evitó ser considerado culpable, con lo que afianzó su tambaleante trono por diez años más.

ARTURO DELVILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TE

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