Normalidad y subnormalidad políticas

Arturo del Villar

POR cuarta noche consecutiva se suceden altercados callejeros en España, como protesta por el encarcelamiento del cantante de rap que se hace llamar Pablo Hasel, acusado de ofender con las letras de sus canciones a la Corona. Tanto el presidente del Gobierno como algunos de sus ministros han salido este 19 de febrero de 2021 a condenar las manifestaciones callejeras. El ignorante doctor Perico Sánchez, el que afirmó urbi et orbi el 21 de abril de 2015 que Antonio Machado había nacido en Soria, ha asegurado esta vez en Mérida: “La violencia es inadmisible, es la negación de la democracia”, lo que será cierto en un país democrático, pero indudablemente no lo es en uno que ignora el valor de la democracia y por eso no la respeta.

Durante la larga noche de la dictadura fascista en los bares estaban colgadas unas advertencias con lo que se podía y no se podía hacer en esos lugares de reuniones públicas. Destacaba una que solía estar corregida por el buen humor de los habituales, y eso en cualquier lugar de la inmensa cárcel en la que nos hallábamos recluidos los españoles después de la guerra: “Se prohíbe cantar”, decía la orden impresa, pero siempre algún guasón añadía a mano: “mal”, en lo que podíamos estar de acuerdo los clientes.

¿Por qué motivo la dictadura fascista prohibía algo tan común como lo es cantar para acompañar al vino, que parece requerirlo? Supongo que debido a que el canto implica alegría, incluso en el flamenco más doliente con sus ayes lastimeros, que es cante, y anima a decir lo que no debe decirse en público, porque denuncia una realidad social molesta para las autoridades.   
Ha sido el atrevimiento de Pablo Hasel, cantar algunas actuaciones censurables de la familia irreal, conocidas por todos los vasallos de su majestad católica, a excepción de sus jueces. En un reino en el que, según declara el primer punto del artículo 117 de la vigente Constitución borbónica, “La Justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados”, la emanación se diluye en el aire y los administradores juzgan según la conveniencia de la real persona.

De modo que se atienen a lo dispuesto en el tercer punto del artículo 56 de la Constitución, según el cual “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”, y enjuician y condenan al vasallo que osa criticar en público algunas actividades cometidas por miembros de la familia irreal, catalogadas como “ofensas a la Corona”. Al resultar constitucionalmente imposible que el titular de la monarquía del 18 de julio, instaurada por el dictadorísimo fascista en 1969, pueda ser inculpado de nada, hay que juzgar y de resultas condenar al que dice o canta o escribe o dibuja al irresponsable y allegados en su actividad real sin realeza.

Según el falsificador presidente del Gobierno, que lo es pese a estar demostrado que le escribieron la tesis doctoral y un ensayo editado con su nombre, lo que solamente puede ser posible aquí, en este reino borbónico, las protestas callejeras son inadmisibles aquí, en este reino borbónico que él mismo preside indebidamente. Por eso ha reclamado la vuelta a la normalidad, y amenazado con duros castigos a los que prefieran mantenerse en la anormalidad protestante con la instalación de barricadas callejeras.

Los medios de comunicación extranjeros, al no hallarse domesticados por las subvenciones que el Gobierno entrega a los nazionales para que mantengan su tarea desinformativa, han comprendido que lo considerado normal por el socialisto jefe del Gobierno español es en realidad una subnormalidad intolerable en un país democrático. Nos considera subnormales a todos los españoles, y hay que plantearse si tendrá razón, habida cuenta de que aceptamos sus órdenes presidenciales lo mismo que las reales órdenes.

Sí, ya sé que en estas cuatro noches se han colocado barricadas en algunas calles de las principales ciudades, incluida la histórica Puerta del Sol madrileña, en la que se han producido tantas revoluciones, en otros tiempos con otros españoles. Ahora se toleran unas hogueras para iluminar las noches, con unos gritos subversivos que no asustan ni a las reverendas ursulinas, por saber que al día siguiente todo seguirá igual en el reino.

Se echa de menos el comentario del ministro de Cultura y Deporte, José Manuel Rodríguez Uribes, seguro que más atento a la cultura que al deporte, según da a entender su aspecto físico, lo más opuesto a la figura de un atleta. Debiera explicar al pueblo qué consideración le merecen las canciones de Pablo Hasel: ¿son una muestra de cultura popular, en cuyo caso deben ser premiadas y reproducidas masivamente, o le parecen una degeneración idiomática, por lo que su autor merece una prisión perpetua? Ésta es su oportunidad de retratarse ante el pueblo, si es que le importa algo.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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